Una tarde soleada, Emylee salió de la universidad, despidiéndose de sus amigas. Mientras caminaba sola, sin darse cuenta de que la seguían, llegó a un lugar apartado y solitario. Al girarse para mirar hacia atrás, no vio a nadie, pero una sensación de incomodidad la invadió. Avanzó unos pasos más, y en una esquina, cuatro hombres la emboscaron.
Uno de ellos, sin previo aviso, le tocó los senos. Emylee, aterrorizada, le dio una bofetada en la cara y, con todas sus fuerzas, intentó escapar corriendo. Gritaba pidiendo ayuda, pero los acosadores la alcanzaron y la arrastraron a un callejón oscuro.
En ese momento, Dimitric, que caminaba tranquilamente por la calle, escuchó los gritos de una chica pidiendo ayuda. Sin dudarlo, se dirigió rápidamente hacia el lugar. Al llegar, vio a los cuatro hombres intentando quitarle la ropa a Emylee. Con firmeza, Dimitric dijo:
—¡Hey, suelten a la chica!
Uno de los acosadores lo miró con desprecio, sacó una pistola y le respondió:
—¿Quién te crees que eres? ¡Lárgate de aquí si no quieres que te mate!
Mientras tanto, Emylee seguía pidiendo ayuda. El hombre que estaba sobre ella le dio una bofetada en la cara, y ella se desmayó de dolor y miedo. Dimitric, viendo lo que había pasado, se enojó y corrió hacia ellos.
Los acosadores comenzaron a disparar, pero Dimitric, con una agilidad sorprendente, esquivó las balas con su sable. Se acercó a uno de los hombres, le desprendió la mano que sostenía la pistola y luego usó una técnica que había aprendido de su sensei para destruir las armas de los villanos. Con determinación, dijo:
—Si los vuelvo a ver por aquí haciendo lo mismo, no les perdonaré la vida.
Los villanos, temblando de miedo, huyeron corriendo.
Dimitric se acercó a Emylee, que yacía en el suelo. La trató con cuidado y trató de reanimarla. Finalmente, ella despertó, asustada, y Dimitric le dijo con calma:
—No te asustes. He ahuyentado a los que te estaban haciendo daño. Te llevaré al hospital. ¿Tienes familiares en la ciudad?
Emylee, todavía aturdida, respondió:
—No, no tengo.
Dimitric la llevó al hospital y esperó con ella durante varios días hasta que se recuperó. El último día de su recuperación, Dimitric se despidió de Emylee y le entregó una tarjeta con un número.
—Aquí tienes mi número. Si necesitas hablar o si alguna vez te ocurre algo así de nuevo, no dudes en llamarme.
Emylee, con lágrimas de gratitud en los ojos, lo abrazó y le agradeció sinceramente.
Una tarde, cuando Emylee regresó cansada de la universidad, se tumbó en el sofá de su apartamento y se quedó dormida. En su sueño, revivió el terrible incidente, despertándose asustada. Miró la tarjeta que Dimitric le había dado y decidió llamarlo.
Con el corazón acelerado, Emylee marcó el número. Cuando Dimitric contestó, ella dijo con nerviosismo:
—Hola, ¿es Dimitric?
—Sí, soy yo. ¿Emylee, verdad? —respondió Dimitric con una voz tranquila pero amigable.
—Sí, soy yo. Quería agradecerte de nuevo por lo que hiciste aquel día. Realmente no sé cómo podría haberme enfrentado a esos hombres si no hubieras aparecido —confesó Emylee, con sinceridad.
—No tienes que agradecerme, Emylee. Fue lo correcto hacerlo. Me alegra que estés bien. ¿Cómo te sientes ahora? —preguntó Dimitric, preocupado por su bienestar.
—Me estoy recuperando, gracias a ti. Pero tengo que admitir que ha sido difícil olvidar lo que pasó, y esta tarde tuve un recuerdo muy vívido del incidente —comentó Emylee, sintiéndose cómoda abriéndose con él.
—Entiendo que pueda ser difícil superar algo así. A veces, los eventos traumáticos pueden perseguirnos por un tiempo. Si necesitas hablar o simplemente que alguien te escuche, estoy aquí para ti —respondió Dimitric con empatía.
Emylee sintió que podía confiar en él, y eso le brindó consuelo. Hablaban por teléfono con frecuencia, compartiendo sus experiencias y intereses. Dimitric le contó sobre su formación en artes marciales y su habilidad con el sable.
Con el tiempo, la conversación se volvió más ligera, y ambos comenzaron a reír y disfrutar de la compañía del otro. A medida que pasaban los días, su amistad se fortaleció. Emylee empezó a sentirse más fuerte emocionalmente con el apoyo de Dimitric, superando el miedo que había quedado después del incidente.
Un día, Dimitric le mencionó que era el líder de una unidad de élite que combatía el mal. Emylee, fascinada, le preguntó si podía visitar la unidad algún día. Dimitric, sonriendo, aceptó y pidió el número de Emylee para enviarle la ubicación de la unidad.
La semana siguiente, Emylee se dirigió al lugar donde se encontraba Dimitric. Al llegar, vio a los miembros del equipo reunidos en una sala de recreación. Dimitric la vio y la invitó a acercarse.
—Quiero presentarte a los chicos. Cada uno de ellos tiene cualidades especiales —dijo Dimitric con orgullo.
Emylee, algo tímida, expresó su deseo de unirse a la unidad, aunque admitió que no tenía ninguna habilidad especial pero quería aprender de quien la había salvado. Dimitric, con una sonrisa, accedió y le pidió a Alisa que fuera su tutora.
Alisa, un poco sorprendida, se quejó:
—¿Por qué yo? No cuido bichos.
Dimitric, con firmeza, respondió:
—Acabo de darte una orden.
Alisa, con una expresión de aburrimiento, dijo:
—Está bien, andando, niña.
Hang, que había estado observando, se rió de la situación. Alisa, con una sonrisa traviesa, sacó un arma y apuntó a Hang, preguntando:
—¿Quieres morir hoy?
Hang, sorprendido, desapareció y reapareció al lado de Dimitric, diciendo con tono jocoso:
—Hoy no.
Emylee se sintió aliviada y emocionada por su nueva oportunidad. La unidad de élite había comenzado a aceptarla, y estaba lista para aprender y crecer en ese entorno tan diferente al que había conocido hasta ahora.
Hasta aqui la historia de como se conocieron los miembros del escuadron de elite llamados Blood Of Fire
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